Mostrando entradas con la etiqueta Jack the ripper. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Jack the ripper. Mostrar todas las entradas

09 agosto 2011

Jack the ripper. Capítulo I, escena III

Londres era una enorme e importante ciudad a finales del siglo XIX, pionera en industria y descubrimientos, alzada sobre la base del orgullo de sus ciudadanos. En ella, cada día tenían lugar docenas de acontecimientos que, importantes o no, debían llegar a los habitantes de la capital inglesa con el mayor lujo de detalles. Sin embargo algunas veces la publicación de ciertas noticias se consideraba “innecesaria” por personas influentes, importantes, personas que ocupaban altos cargos y que no deseaban que ciertos sucesos se dieran a conocer, y la mayor parte de las veces lo conseguían, gracias a “generosas donaciones” a los directores de los medios de comunicación, que podían convertirse en amenazadoras advertencias en su defecto.
Sin embargo, algunos periódicos se atrevían a publicar artículos que podrían enfurecer a más de una entidad. Uno de ellos se enorgullecía de llevar el nombre de London's shadow, y había conseguido situarse en uno de los primeros puestos en las listas de popularidad, sorteando todos los obstáculos que se le presentaban. Pese a ello, el London’s shadow continuaba editándose en las pequeñas oficinas donde lo había hecho desde su fundación, cuarenta y siete años atrás, en un pequeño edificio céntrico cuya fachada pasaba fácilmente desapercibida entre las grandes estructuras que se alzaban en el núcleo de la ciudad.
La fachada estaba cubierta de una rojiza cara vista, que otorgaba aquella sencilla elegancia que quedaba rematada por la puerta principal, que consistía en dos hojas de madera noble no demasiado trabajada, y que permitía el acceso al edificio.
El interior tampoco destacaba particularmente. A parte de una pequeña secretaría, las otras estancias se repartían dividiéndose en despachos y salas de redacción, en las que siempre flotaba un murmullo constante compuesto del sonido de cucharas chocando contra la porcelana de alguna taza, el frenético tecleo de los periodistas en las máquinas de escribir, la campanilla del recién instalado teléfono y susurros que en ocasiones hacían pedazos la concentración de algunos trabajadores. Por ello, cuando Evangeline Evans entró en la sala referida a asuntos policiales y política, abriendo la puerta de un portazo y maldiciendo en voz demasiado alta.
La mayoría de personas que había en la sala la miraron de forma no demasiado amable, pero otras se limitaron a suspirar, acostumbrados ya al comportamiento de la extraña mujer y a su difícil carácter.
Cuando Evangeline llegó hasta su mesa y se dejó caer sobre la antigua silla acolchada después de dejar la cámara con cuidado en el suelo, todos retomaron su trabajo allí dónde lo habían dejado. Todos menos una mujer que continuaba observando a la recién llegada desde su escritorio, apoyando la cabeza, cubierta de rizos dorados, sobre las manos, cuyas uñas aún contenían restos de esmalte rojo.
-¿Qué ha pasado esta vez, pequeña?-preguntó en voz demasiado baja para que los demás escucharan, pero lo suficientemente alta para que Evangeline sí pudiera hacerlo.
Evangeline levantó la mirada hacia la rubia, que le dedicó una amplia sonrisa, y suspiró, inclinándose hacia delante para apoyar uno de los codos en la mesa. Se preguntó si Morgan se cansaría algún día de hacerle esa pregunta.
-Vamos, puedo ver en tu mirada que has tenido algún contratiempo- insistió Morgan, enredando uno de sus rizos rubios en los dedos-. A mí no me engañas.
Cierto, no podía engañarla, habían sido compañeras durante demasiado tiempo como para intentar siquiera ocultarle algo.
-¿Ha pasado algo en Whitechapel, verdad?
Evangeline volvió a suspirar, asintiendo, y Morgan hizo un gesto de satisfacción. No solía equivocarse, ya estaba muy acostumbrada a las desventuras de aquella joven, desde las peleas con los jefes del London’s Shadow (que la calificaban de insolente pero no tenían las suficientes agallas como para prescindir de una periodista tan excelente como ella) hasta las amonestaciones que recibía por meterse en lugares privados o por hurgar en asuntos que no le incumbían.
-Sí… me encontré con la policía metropolitana-respondió por fin Evangeline, utilizando el mismo tono de voz que Morgan.
-Oh, pero sabías que eso iba a pasar-dijo la rubia, alzando una ceja- el informador de esta mañana nos dijo que la policía ya había llegado a la escena del crimen.
-Sí, sí, lo sé. Pero… Intentaron echarme –Evangeline cogió una de las plumas que descansaban sobre su escritorio, y se puso a observarla sin interés.
-¿Intentaron echarte? Bueno, supongo que esta vez no te resistirías… -aventuró, pero el silencio de su compañera fue suficiente como para demostrarle que se equivocaba.- ¡Evangeline! ¿Otra vez? Ya hemos tenido muchos problemas con tus… -dejó de hablar al ver que uno de los periodistas la miraba seriamente. Al parecer había alzado demasiado el tono de voz. Se apresuró a enmendarlo.-Ya hemos tenido muchos problemas con tus conflictos con la policía metropolitana.
Evangeline agitó la pluma en el aire.
-¿Crees que no lo sé, Morgan?-dijo, en un tono malhumorado- pero no esperarás que deje que me echen a las buenas. Después de todo, soy una periodista, informo al mundo de lo que ocurre, no veo por qué no debería hacer mi trabajo.
Morgan pareció querer decir algo, pero se limitó a poner los ojos en blanco.
-Además, son todos unos incompetentes de mentes cerradas. Me sacan de quicio, son tan fanfarrones pensando que son capaces de todo, cuando en realidad no son capaces de ver más allá de su…
-Oh -interrumpió Morgan de pronto, y esbozó una media sonrisa- Así que te has encontrado con Abberline, ¿eh?
Evangeline intentó disimular su mueca de sorpresa dirigiendo la mirada en dirección contraria al escritorio de su compañera.
-He dado en el clavo, soy genial-Morgan repitió el gesto de satisfacción, y Evangeline frunció el ceño- Y, cuéntame, ¿Qué tal todo?
-¿Qué quieres decir? Continua siendo tan insoportable como siempre lo ha sido. Parece un infante atrapado en un cuerpo de adulto.
-Un cuerpo bastante apuesto, por cierto.
La divertida mirada de Morgan hizo que Evangeline sonriera.
-Sí, muy apuesto… -dijo, en un tono de no muy logrado sarcasmo- Será por ello que tiene más éxito con las mujeres que en su trabajo.
-Vamos, no seas cruel. Sabes que es el mejor detective de todo Londres, ha resuelto más casos por sí mismo que el cuerpo metropolitano, incluso más que la Scotland Yard.
-Bah, pierde todo su mérito después de haberse pasado tantos meses en la sombra.
-Estoy segura que Abberline ha tenido sus motivos para ello. Ser detective debe ocasionar mucho estrés, y ni siquiera tiene una mujer a su lado que le ayude con eso… -Morgan lanzó una mirada furtiva a su compañera.
-Oh, no me extraña. ¿Qué clase de mujer soportaría a semejante?-su pregunta obtuvo como respuesta otra de aquellas características miradas- Morgan, ni se te ocurra pensar que yo…
-Vamos, vamos, tendrás que reconocer que sería un buen partido para ti… rico, atractivo, joven-dijo, y sonrió- además, ambos sois igual de tozudos… Aunque conociéndote sólo le utilizarías para obtener información con la que trabajar.
Evangeline le lanzó una mirada de falso horror.
-¡No pensará que soy una de esas estiradas damas que se casan con hombres por algún tipo de interés!
Morgan rió ante la teatral escena.
-No, pero deberías pensar en ello.
-No necesito a ningún hombre, y menos a Abberline -sentenció ella.
-Una pena… si yo pudiera quitarme de encima veinte añitos, iba a por él.
Evangeline rió.
-Te gustan demasiado los veinteañeros con cara bonita.
-Bueno, es que me aburro demasiado entre estas cuatro paredes, necesito aprovechar cualquier tipo de distracción.
La conversación terminó con la risa de ambas antes de que volvieran a sus quehaceres. Morgan estaba redactando un artículo sobre la demolición de un importante teatro que había quedado reducido a escombros y ceniza después de que un incendio lo devorara por completo. Sus ojos verdes no se separaban de la hoja en la que escribía, y su boca no era más que una línea en un rostro que denotaba concentración.
Evangeline, al contrario que su compañera, era incapaz de concentrarse en nada. Demasiadas excitaciones aquella mañana, sobretodo en la parte que había preferido omitirle a Morgan: que la policía había intentado detenerla por desobedecer órdenes directas, y pese a que ella se había resistido, estaba segura de que habrían conseguido llevársela si el agente Abberline no hubiese intervenido y convencido al inspector de que la dejara libre. Chasqueó la lengua al pensar en ello. En parte le estaba agradecida, y  eso era precisamente lo que la ponía furiosa. No quería deberle nada a nadie, y mucho menos a ese individuo con aires de superioridad.
Además, conocía demasiado bien al agente como para saber que él siempre recordaría la ayuda que le había prestado, y que se la echaría en cara siempre que tuviera ocasión, no sería la primera vez, de hecho.
Cerró los ojos y respiro hondo. No era momento de perderse en sus recuerdos, y para evitar seguir pensando en Abberline y el pasado que la mantenía unida a él, centró la atención en su preciada cámara. El aparato era uno de los más novedosos del mercado, y aún no se habían puesto a la venta en Londres. Lo cierto es que había mentido a Abberline a cerca de su origen, pese a que poseía una pequeña fortuna que le permitía vivir consintiéndose ciertos caprichos, nunca los hubiese utilizado para algo así, por no hablar que hubiese sido imposible conseguir una cámara como aquella sin tener buenos contactos.
No, la cámara había sido un regalo. Un mensajero se la había llevado hacía cosa de tres semanas a su residencia, junto a un sobre que contenía una orquídea blanca. No había ningún nombre en el remitente, pero tampoco le había hecho falta para descubrir de quién se trataba.
Gauthier, no podía ser otro. Había recibido otros dos obsequios suyos desde que le conoció casi un año atrás, pero nunca tan caros. Al principio había pensado en buscarle, hacerle una visita y devolvérsela, pero sabía que Gauthier se lo tomaría como una ofensa, y que lo mejor era quedársela.
Sonrió, agradeciendo aquél obsequio, y acarició las pequeñas iniciales que habían escrito en uno de los lados. Sus iniciales, E.E.
Pensó que lo mejor sería ir a revelar las pocas fotos que había conseguido hacer al cadáver de la prostituta, llamada Mary Anne según la gente a la que había preguntado, antes de que el primer agente la hubiese interrumpido. Una foto siempre le daba más dramatismo a una noticia, noticia que por supuesto ella se encargaría de redactar.
Lo cierto era que los asesinatos de las mujeres de calle estaban a la orden del día, sobretodo en la zona de Whitechapel, pero eso no era motivo suficiente para no informar sobre ellos. Sin embargo, necesitaba un par de datos más para que el artículo fuera lo suficientemente suculento.
-¿A dónde vas ahora? No llevas ni una hora ahí sentada-Morgan levantó la vista de su máquina de escribir cuando vio como Evelyn cogía su cámara y su pequeña cartera y se levantaba de su mesa.
-Ah, pues… a indagar-su compañera a penas le prestó atención, y salió rápidamente de la sala antes de que ella pudiera hacerle más preguntas.
-A indagar, ¿eh? Bueno, pequeña, sólo espero que no te metas en más líos-murmuró Morgan tras quedarse sola, antes de volver a su trabajo.  

11 mayo 2011

Jack the ripper. Capítulo I, escena I


Todos los hombres albergan una bestia en su interior, y pocos de ellos consiguen controlarla ser capaces de encerrarla en lo más profundo de su consciencia. Pues, ¿Qué hombre retendría una parte de sí mismo?

Una pequeña multitud invadía la calle Durward  cuando los primeros rayos del sol a penas despuntaban por encima de los tejados de Londres. Muchas de las personas que se concentraban allí reunidas ni siquiera sabían lo que había pasado, pero no tenían nada mejor que hacer que permanecer en la zona, y se dedicaban a murmurar con los vecinos mientras observaban como varios miembros del cuerpo de la policía metropolitana de Whitechapel se movían nerviosamente, intentando establecer un perímetro alrededor de un cuerpo que yacía tendido sobre la calzada, y que era frecuentemente iluminado por los flashes de las cámaras que intentaban retratar la tragedia.
-Por dios, deshágase de la prensa de una maldita vez!-ordenó un hombre a uno de los agentes mientras se secaba el sudor que resbalaba por su frente, antes de acuclillarse junto al cuerpo, que estaba siendo minuciosamente examinado por otro hombre mucho más joven.-Y bien, ¿qué opina, agente?
El muchacho no respondió, sino que continuó observando detenidamente el cadáver sin pestañear ni una sola vez, hasta que de pronto pareció reaccionar, y alzó la mirada hacia el hombre que le había preguntado.
-Cada mes, una media de siete prostitutas son asesinadas en este barrio-dijo.
El otro hombre le miró alzando una ceja.
-Sí, lamentablemente eso es cierto, pero, ¿qué tiene ahora eso…?
-Oh-interrumpió el joven- Estoy completamente seguro de que usted, Inspector Reid, como jefe de la policía metropolitana de Whitechapel, sabrá decirme cuál es el principal motivo de estos asesinatos.
Reid asintió.
-Sí, el principal móvil suele ser el hurto.
-Exacto, pero nuestra amiga-hizo un gesto con la mano, señalando el cadáver-conserva la recaudación de dos días enteros, así que se puede descartar el robo como móvil.
-En ese caso…
-No -el joven volvió a interrumpirle- le puedo asegurar que cuando el forense analice el cadáver no encontrará indicios de abuso sexual ni violación.
-Cómo puede estar tan seguro de ello?-Cuestionó el inspector.
El agente sonrió.
-Observe el cuerpo. La garganta fue seccionada por un profundo corte, no una, sino dos veces. Ello implica una muerte rápida y prácticamente indolora, puesto que la víctima murió antes de darse cuenta de lo que había pasado, ya que se le seccionaron la arteria principal a la primera. Limpio y letal, una muerte poco frecuente en señoritas de compañía, ¿no creé? Normalmente los asesinos que atacan a estas mujeres lo hacen violentamente, de forma sucia y poco elaborada. Después de todo, para la mayoría de sujetos son objetos, inmundicia y escoria.
-¿Pero cómo puede decir que fue una muerte limpia? ¡Por el amor de dios, Abberline, le han destrozado el abdomen!
El agente no cambió la expresión de su rostro, a pesar de que el inspector había elevado el tono de voz más de lo que le hubiese gustado, pero sí dirigió una rápida mirada al torso de la víctima.
Este estaba vestido cuidadosamente, cubierto por las prendas con las que había sido vista la noche anterior, como si nunca hubiesen sido retiradas. Sin embargo, bajo ellas, la piel estaba completamente desgarrada, y era por ello por lo que las telas, que en un inicio habían sido de un tono calabaza, ahora estaban teñidos de un oscuro escarlata de sangre.
-Sí, pero… fíjese, el vestido no está desgarrado, esto quiere decir que le quitó parte de la vestimenta para acuchillarle el vientre… Pero, pese a la carnicería que cometió con ella, se encargó de volverla a vestir, sin olvidar un solo detalle. Incluso el anudado del corsé está perfecto.
El inspector miró el atuendo del cadáver durante unos instantes, y después dirigió una furiosa mirada a Abberline.  
-¿Y acaso pretende que le demos las gracias al asesino por haber hecho tan buen trabajo con las ropas de la mujer?
-Oh, no, pero sólo digo que es algo digno de tener en cuenta-explicó el agente, manteniendo su habitual calma.
El inspector Reid se puso en pié, algo alterado, y volvió a pasar un pañuelo por su despejada frente para retirar el sudor que seguía cayendo.
-No veo importancia alguna en ello-declaró- lo único que importa es que un asesino anda suelto y que tiene que ser atrapado inminentemente. ¿Qué más da si…?
Las palabras de Reid quedaron en el aire por tercera vez cuando un agente se acercó apresuradamente a él.
-¿Qué ocurre?-preguntó el inspector, volviéndose hacia su subordinado y conservando el tono brusco con el que se había dirigido anteriormente a Abberline.  
El recién llegado tragó saliva y titubeó durante unos segundos ante la actitud de su superior.
-Verá, inspector, estamos teniendo problemas con una señorita de la prensa…
-¿Pero que demonios ocurre, agente? ¿Ni siquiera son capaces de mantener a la prensa alejada un momento?
Mientras que Reid sermoneaba al agente, Abberline se puso en pié y levantó la cabeza, buscando con la vista a la señorita que causaba problema. La encontró en frente de la multitud, gritándole a otro agente, que intentaba calmarla. Lucía un traje rojo con pantalón que llamaba la atención de las personas que estaban a su alrededor, y llevaba una cámara de último modelo colgando de una correa.
-Quién demonios es aquella mujer?-preguntó Reid-deténganla!
Abberline dio un paso adelante.
-Si me disculpa, inspector Reid, me gustaría encargarme de esto…
-Eh?-el inspector se volvió hacia él- creo que sería mejor detenerla por oponerse al cuerpo policial.
-Bueno, pero toda esta gente vería como detienen a una periodista… ¿no cree que ya hay bastante escándalo con el cuerpo de esa pobre mujer sobre la acera?
El inspector pareció meditarlo durante un instante, pero finalmente cedió.
-Está bien, haga lo que tenga que hacer, pero que deje de gritar. Y usted, agente –se dirigió al subordinado- venga, quiero que tome algunas muestras…
Abberline comenzó a caminar hacia la mujer, cuyos gritos se hacían más entendibles a medida que se acercaba.
-… solo luchamos por poder informar a los ciudadanos de Londres de los acontecimientos ocurridos! No es culpa nuestra si el cuerpo policial es tan incompetente que ni siquiera puede detener a un asesino de los barrios bajos! Que ha pasado con la libertad de expresión y prensa!? Es un derecho que…-los gritos cesaron cuando la joven reconoció el rostro de Abberline, y frunció el ceño- vaya… ¿Te han enviado para detenerme, Fred?
Abberline puso la mano sobre el hombro del agente que había estado discutiendo con la joven.
-Me encargo yo, gracias.
El agente sonrió, agradecido, y fue a donde estaba el inspector. Abberline lo siguió con la vista hasta que estuvo lo suficientemente alejado, y después se dirigió a la periodista.
-Siempre metiéndose en líos, señorita Evangeline…
La joven se ajustó el largo abrigo rojo y sonrió maliciosamente.
-Y usted y su pandilla de incompetentes siempre intentando ocultar la verdad a los medios, agente Frederik.
-Nunca dejará de provocar escándalo?
-Nunca dejará de dárselas de caballero inglés?
-Touché.
-Un placer.
Abberline frunció el ceño durante un instante casi imperceptible.
-Vaya, bonita cámara-dijo, haciendo un gesto hacia el aparato- un regalo de familia, quizás?
Evangeline acarició la cámara y le dirigió una mirada son sorna.
-No, algunas personas sabemos conseguir nuestros propios bienes sin depender de una gran herencia familiar, Fred.
El agente sonrió.
-No deberías llamarme así si te vas a dedicar a pasar el tiempo atacando a mi persona.
-Y usted no debería tutearme si ha venido aquí para echarme del lugar.
-Nunca echaría a una mujer que vista pantalones de la misma forma que usted lo hace.
-Oh! ¿Debo tomarme eso como un extraño halago o mejor debería interpretarlo como una muestra más del grandísimo machismo que asola la sociedad de hoy en día? –dijo la joven, a la vez que golpeaba el pecho del agente con el dedo índice.
Abberline suspiró, y se pasó la mano por el desordenado cabello liso, intentando sujetar los mechones castaños que le caían por el rostro, cubriendo sus ojos azules.
-Siempre tiene que tomárselo todo como un ataque?
-Siempre y cuando es necesario hacerlo-respondió ella, cruzándose de brazos
El agente tomó aire en un nuevo suspiro para decir algo más, pero nunca lo hizo, ya que un grito desgarró el aire a sus espaldas, obligándole a darse la vuelta velozmente para descubrir que el emisor de aquél lamento de dolor no era más que una mujer de la multitud que había caído sobre sus rodillas, y que miraba al cadáver con los ojos rebosantes de lágrimas.
-Polly!-gritó- Polly, qué es lo que te han hecho?
Al inspector no le bastó nada más que un vistazo para entender que aquella mujer era una amiga de profesión de la fallecida. No hacía falta más que un vistazo a su atrevido vestido, remendado en una llamativa tela verde y adornada con puntilla y plumas, y a su abundante maquillaje, que ahora se convertía en líneas oscuras que surcaban su rostro, arrastrado por las lágrimas.
Un par de agentes se acercaron a ella para levantarla del suelo, sujetándola mientras ella seguía lamentando la pérdida de su compañera.
-¡No podéis proteger estas calles de los demonios! ¡Es por vuestra culpa por la que mujeres como nosotras mueren en las calles sin que a nadie le importe!-se apartó de los agentes con un brusco empujón-¡Sólo os ocupáis de los asuntos que conciernen a los ricos herederos, y a las putas que nos den! ¿Qué os importa? ¿Qué os importamos a todos vosotros?-exclamó, dirigiéndose a la gente que había allí reunida- Oh, Polly…
Todos los allí presentes observaban atónitos la escena, que finalizó cuando el inspector Reid ordenó detener a la mujer y llevarla a comisaría, a pesar de que Abberline insistió en no hacerlo.
Después de aquella escena, el cadáver fue retirado por el forense después de unas fotografías, y la multitud se dispersó poco a poco, buscando nuevas formas de entretenimiento, de forma que la esquina de la calle Durward quedó solitaria y limpia, como si el horrible suceso de aquella noche jamás hubiese tenido lugar.
  

30 abril 2011

Jack the ripper. Introducción.


La luna brillaba llena en el alto y oscuro cielo Londinense, desafiando a las tinieblas que envolvían a la ciudad a aquellas tardías horas de la noche.
Las calles estaban totalmente desiertas en su mayoría, pues todo el mundo en aquel lugar sabía que el peligro acechaba en todos los rincones, protegido por las negras sombras que sólo se desgarraban ante la luz de algún farol que se negaba a consumirse.
Sin embargo, algunos de los barrios de la capital inglesa vivían de la noche, y el peligro en ellas era mucho mayor que en cualquier otra zona.
Este era el caso del famoso barrio de Whitechapel, cuya popularidad era atribuida por ser un barrio pobre que carecía de la elegancia que poseía Londres y por los múltiples burdeles baratos que llenaban las calles.
Los habitantes de este barrio eran, habitualmente, borrachos que habían sido expulsados de las tabernas, mendigos que improvisaban un lecho cubriendo el  frío asfalto con algunos harapos, criminales que aprovechaban la ausencia policial para llevar a cabo sus malas ideas y personajes de alto cargo que extraían el poder en el dinero ganado de contrabando o apuestas ilegales en lugares clandestinos.
Y por supuesto, no podían faltar las comunes señoritas que vagaban por las calles portando sinuosos vestidos ligeros de tela y ricos en escote que desafiaban las bajas temperaturas buscando algún caballero con el que hacer un negocio. Pues, ¿qué sería de Londres sin las damas de compañía en los barrios bajos como Whitechapel?
Ni siquiera la Scotland Yard se molestaba en terminar con la prostitución, ya que eran conscientes de que nadie más que ellos habían sido la causa de ella, al alojar a los inmigrantes y pobres en aquél lugar, condenándolos a ganarse la vida con lo que podían. Y por ello, la prostitución había aumentado en los últimos meses, de forma que la competencia entre las mujeres era mayor, y algunas de ellas se veían obligadas a meterse en calles más apartadas para asegurarse un número de clientes que les permitieran ganar el suficiente dinero para poder alimentarse.
Una de ellas era Mary Ann Nichols, que esa noche había elegido la esquina de Osborn y Whitechapel Road para trabajar, ya que el puesto que frecuentaba ya estaba ocupado cuando llegó aquella noche por jóvenes muchachas. Y es que aunque le costara admitirlo, la edad se había marcado en su rostro en forma de pequeñas arrugas, y en su  cabello, que antaño había sido envidiado por sus compañeras, comenzaban a aparecer canas que lo desteñían.
Por suerte, su cuerpo aún no había perdido todo su encanto y aún tenía utilidad en su oficio. Pese a ello, ninguno de los coches de caballos que pasaban paraba para ofrecerle trabajo, y a penas había transeúntes en aquél lugar.
-Pues menuda mierda-dijo, sacándose un paquete de cigarrillos de uno de los pliegues del vestido, y prendiendo una cerilla para poder encenderlo.
Se llevó rápidamente el cigarro a los labios, exageradamente pintados de un rosa pálido, y dio una profunda calada, sintiendo como la nicotina calmaba sus nervios, y se apoyó contra una fía pared de ladrillos para poder fijar la vista sobre la llama de un farol, que bailaba suavemente mecida por el viento helado la sinfonía del silencio nocturno.
Silencio que fue repentinamente interrumpido por unos pasos a sus espaldas y que la incitaron a darse la vuelta para descubrir a un apuesto joven que la miraba fijamente. Supuso que sería uno de esos muchachos que frecuentemente escapaban de sus ricos hogares para entregarse al alcohol y las mujeres a escondidas de sus padres.
-Está la bella dama de servicio esta noche?-preguntó utilizando un seductor tono de voz moldeado en un perfecto y elegante acento inglés.
-Oh, por supuesto, sí- respondió Mary Ann arrojando el cigarrillo y arreglándose los pliegues del desgastado vestido.
El joven sonrió, mostrando una hilera de perfectos dientes blancos que parecieron relucir en la oscuridad.
-En ese caso –dijo, alargando el brazo y tendiéndole una mano enguantada en cuero negro- permítame disfrutar de su compañía, y acompáñeme a un lugar más apropiado y elegante, que sea digno para una señorita con usted.
-Por supuesto, caballero –respondió la mujer, tomándole la mano y dejándose guiar.
Mientras caminaba, se fijó un poco más en el apuesto joven, que vestía totalmente de negro en telas de alta calidad y portaba un sombrero de copa con un listón de terciopelo rojo, que resultaba ser la única nota de color en él, a parte de los mechones desordenados que caían por su rostro y los hermosos ojos que la miraban con aquella amabilidad que estaba tan poco acostumbrada a recibir.
De pronto, el joven se detuvo, y la tomó por los hombros bruscamente para mirarla fijamente a los ojos a una corta distancia. Durante un instante, Mary Ann pensó que el muchacho no había podido contenerse hasta llegar a su destino, pero desechó la idea al ver que la miraba con compasión, y no con lujuria.
Durante unos instantes, fue prisionera del hermoso y frío color de los ojos del muchacho, hasta que este habló en un tono melancólico, muy distinto al que había utilizado anteriormente.
-Oh… señorita, estoy seguro de que usted podría haber hecho algo útil en su vida… pero las personas cometen errores que las condenan… es una lástima…
El tono de voz pasó de ser melancólico a serio, y más tarde adoptó un tono amenazador que hizo que Mary Anne temiera. Pero no pudo preocuparse, no pudo intentar escapar, ni siquiera le dio tiempo a lamentarse por ella misma.
Sólo pudo ver cómo el joven extraía un objeto brillante y afilado de entre sus oscuras ropas y un frío tacto en el cuello, antes de abandonar la vida para siempre.