15 julio 2011

Tormenta

El primer trazo de luz fue tan perfecto como el de los anteriores, como si hubiese estado dibujado por una mano experta, pero de pronto comenzó a extenderse hacia todos lados, derramándose sobre el cielo, imitando las ramas de un árbol que crecen huyendo del tronco.
La brillante línea surcó la negrura del cielo durante apenas un segundo, eclipsando la luz de las estrellas, cuyo esplendor quedaba en parte ya oculto por las opacas y oscuras nubes que flotaban en lo alto, moviéndose rápidamente a causa del fuerte y helado viento que soplaba aquella oscura noche sin luna.
La luz murió justo en medio del océano, y para el muchacho que lo había observado desde su nacimiento en lo más alto, fue como si se perdiera en el inalcanzable horizonte.
En su rostro se dibujó una expresión de fascinación cuando vio el último destello del relámpago, justo antes de que un sonido estremecedor lo inundara todo, recorriendo cada tramo de la ciudad, llegando a los puntos más ocultos, filtrándose en él mismo y resonando en su interior.
Su mirada grisácea intentaba perderse entre las olas del mar embravecido, que reflejaba el espectáculo de luz y electricidad del cielo. Realmente le encantaban las tormentas. Cuando las observaba sentía que la energía que liberaba el cielo era capaz de entrar en él por cada uno de los poros de su pálida piel.
Una fina e insistente lluvia caía sobre él, y aunque en principio no le había dado demasiada importancia, se había mantenido demasiado tiempo a su merced, quedando empapado hasta los huesos. Debería haberse conformado con observar la tormenta eléctrica desde la ventana, pero, ¿Cómo demonios podía resistirse a salir al exterior a respirar aquél aire tan limpio, a sentir la caricia helada del viento en la cara, y el frío tacto de la lluvia sobre su piel?  Todo ello le hacía sentir bien, era una de las pocas cosas que podía extasiarlo. En momentos así su mente se abría, permitiéndole acceso a sus recuerdos, aumentando la capacidad de concentración. Podía pensar, sentirse tranquilo y en paz, aunque sobre su cabeza parecía librarse una feroz batalla.
De repente, una voz sonó a sus espaldas, devolviéndolo a la realidad.
-Oye enano, te estamos esperando para cenar.
Él se dio la vuelta, dando la espalda al mar y a su amado espectáculo, para descubrir a su hermano, que asomaba la cabeza por una de las puertas correderas de la terraza que él había cerrado antes de salir para que la lluvia no encharcara su habitación.
-Estás empapado –observó- será mejor que entres y te cambies antes de que mamá te vea y le dé un infarto, se recupere e intente matarte.
Él asintió lentamente, volviendo la mirada hacia el cielo otra vez.
-Ahora voy, dame un minuto -dijo.
-Hay que ver, que raro eres… -murmuró su hermano, antes de volver a internarse en la casa y dirigirse a la cocina.
Cuando volvió a quedarse solo, suspiró. La observación de la tormenta había terminado, muy a su pesar. Podría quedarse unos minutos más, pero su hermano tenía razón respecto a su madre, si le pillaba así se pondría hecha una furia. Había estado muy nerviosa desde que se mudaron hacía aproximadamente un mes, y no le extrañaba, había supuesto un cambio bastante grande en sus vidas cuotidianas.
A él tampoco le había sentado muy bien la mudanza en un principio, pues había tenido que dejar atrás a sus dos mejores amigos, y a pesar de que ellos habían insistido en que podrían llamarse y mantener el contacto vía internet, sabía que nada sería lo mismo desde el momento en que comenzó el viaje hacia su nuevo hogar.
Para empezar, la nueva ciudad estaba demasiado lejos de la que se encontraba su antigua residencia, por lo que las visitas que ellos pudieran hacerle ya serían escasas, y además estaba en una zona apartada, cerca de la costa y a unos pocos quilómetros del núcleo urbano, así que dudaba que existiera siquiera una línea de bus directa hasta allí.
Pero el contacto con sus amigos no sería lo único a lo que afectaría su mudanza, si bien era lo que más le fastidiaba. Además de eso, en otoño debería comenzar las clases en una nueva universidad que ni siquiera sabía dónde estaba, por no hablar de que había tenido que dejar las lecciones de piano cuando estaba a punto de terminarlas. Y claro, había dejado atrás la casa donde se había criado, donde habían transcurrido sus diecinueve años de vida, y se había mudado a aquella extraña urbanización que quedaba medio deshabitada cuando refrescaba en invierno, pues la gente se desplazaba a residencias más al interior para huir de la brisa marina.
En realidad eso le daba un poco igual, porque no es que fuese muy propenso a relacionarse con la gente, y pasaba la mayor parte del día solo por voluntad propia, pero tampoco le apetecía vivir en un barrio fantasma.
Se acercó un poco más a la balaustrada blanca que rodeaba la parte exterior de su terraza y dejó de contemplar durante un segundo el mar y los rayos para echarle un rápido vistazo a la calle. Se notaba que había sido recientemente asfaltada, y sus aceras eran lo suficientemente anchas como para que varias personas caminaran por ella sin problemas y para dar acceso a las múltiples verjas que daban acceso a las idénticas viviendas adosadas.
La suya era la número 9, y quedaba prácticamente en el centro de la manzana. La verdad es que era una casa bien equipada, amplia y luminosa, y además disponía de un enorme jardín que la rodeaba y del que carecía su casa anterior. Su madre lo había llenado ya de plantas, pero él se había reservado un sitio para su cerezo japonés.
Su habitación en el adosado era un poco más pequeña que la que tenía en su casa anterior, pero esta tenía una terraza desde la que se apreciaba perfectamente el mar y una playa de arena blanca, la cual quedaba separada del adosado por una pequeña manzana de viviendas más grandes. Le había costado quedarse con esa habitación, pero había convencido a su hermano explicándole que si se quedaba con la otra podría tener baño propio.
Un trueno, antecedido por su respectivo relámpago trajo de nuevo al muchacho al presente.  Miró el mar, esperando divisar una última de aquellas luces antes de entrar, y no se decepcionó, pues un nuevo relámpago atravesó el cielo, iluminando el mundo que le rodeaba durante un segundo, como el flash de una fotografía. Fue breve, pero duró lo suficiente para que el muchacho sintiera que algo se movía lejos de él, a su derecha.
Giró la cabeza en esa dirección, y contornó los ojos, esperando que así le fuese más fácil ver algo a través de la lluvia y la espesa oscuridad de la noche, que apenas se reducía con la escasa luz artificial que ofrecían las farolas. Descubrió así que había otra persona que miraba la tormenta desde la terraza de una casa más allá. Al principio se sorprendió, aún no había visto a los inquilinos de ese adosado, y el hecho de que fuese una chica de más o menos su edad –o eso calculó él por su aspecto- le resultó desconcertante, sin saber muy bien por qué. Se preguntó cuánto rato hacía que estaba allí, aunque dedujo que no debía ser demasiado, porque se habría percatado antes de su presencia de no ser así. Ella, por su parte, no parecía haberse dado cuenta de que él estaba allí, y seguía observando la tormenta con semblante serio.
Llevaba un vestido blanco que se agitaba sobre su cuerpo a pesar de estar empapado por la lluvia, y una larga melena, también mojada, caía en mechones que el viento hacía danzar hasta  un poco más abajo de sus hombros.


En ese instante una nueva luz lo cubrió todo. Un rayo había caído más cerca que los anteriores, y el estruendo que le siguió sonó increíblemente fuerte, dando la impresión de que el cielo se estaba resquebrajando sobre sus cabezas y se abría en dos para caer sobre ellos en forma de una lluvia intensificada que se convirtió en aguacero.
Un escalofrío recorrió el cuerpo del muchacho, sin poder evitar sentirse intimidado ante la fuerza de aquella tormenta. Dirigió de nuevo la miradaThinks hacia la terraza vecina, y se encontró atravesado por la mirada de aquella chica, cuyo rostro quedaba intermitentemente iluminado con la luz de los relámpagos.
En ese instante le dio la impresión de estar suspendido en el aire, de haber perdido el contacto del suelo bajo sus botas. Todo dejó de existir, excepto la chica. A penas podía escuchar el fragor de la tormenta, pues sus propias pulsaciones resonaban en sus oídos después de aquél impresionante trueno que había logrado alterarlas.
Tenía la impresión de que algo ardía en su cuerpo, pese al agua helada que se había adherido a sus ropas y el viento que llegaba hasta sus huesos, y él sabía que era aquella mirada de color indefinido que le llegaba hasta a través de la oscuridad la que le causaba aquello.
No era capaz de explicar lo que estaba pasando, se sentía como si ella estuviese leyendo su interior, como si fuese capaz de desenterrar sus pensamientos y penetrar en los lugares de la mente dónde él protegía sus secretos, y no podía hacer nada para evitarlo.
¿Quién demonios era aquella chica?


12 junio 2011

Insecto o gota.


Soy una cobarde.
Esto es algo irrefutable, algo que nadie puede cambiar, ni siquiera yo, claro está. Tengo miedo con más constancia del que me gustaría tenerlo, no puedo controlarlo y no creo que pueda hacerlo jamás.
No es miedo a algo físico, a algo vivo, a algo palpable. No es miedo a algo que pueda reptar por tu cama a media noche o que pueda mirarte mientras cuelga del techo de una habitación. Es un temor abstracto, que nació de la inseguridad, supongo.
Y, por supuesto, no soy la única. Mucha gente tiene miedo abstracto, hay personas que temen a la muerte, al paso del tiempo o al dolor. Los humanos tememos a aquello que no podemos controlar, a lo que nos resulta impredecible e inevitable, es algo bastante obvio. Cosas que no dependen de nosotros, y en las que parece que no podemos influir por más que lo deseemos, es por ello que muchas veces nuestros temores tienen que ver con el comportamiento de otras personas.
Yo, por mi parte, temo perder aquello que quiero. Tengo miedo a despertar un día y que todo se haya esfumado, a intentar recuperarlo alargando la mano y notar como se deshace entre mis dedos como el humo. Aquello a lo que más quiero es también a lo que más temo. Este es mi miedo abstracto, no hay más, y cientos de personas tienen el mismo miedo que yo.
A veces pienso que es un miedo egoísta, temer a que aquello que amamos desaparezca. He meditado mucho sobre ello, y me he dado cuenta de por qué quiero a las personas. Las quiero porque son especiales, únicas, irremplazables (claro, si se pudieran reemplazar, ¿qué sentido tendría temer perderlas?) y son esas y sólo esas personas las que me pueden ayudar en mi día a día, las que pueden hacerme sonreír, las que forman parte de los pilares que sostienen mi vida, y sin las cuales esta no tendría sentido alguno. Por lo tanto, aquello a lo que amo me ayuda, me resulta necesario. Pensando así, tengo miedo a perder aquello que me es esencial, y esto es, claramente, un pensamiento egoísta. Pero después surge esa sensación de que quieres tanto a esas personas que incluso renunciarías a cualquier cosa por ellas. Entonces, el esquema del egoísmo se cuartea, se desgarra, se hace pedazos y se desmorona. Queda claro que NO es un miedo egoísta.
En fin, egoísta o no, el miedo nos hace tener reacciones extrañas. A veces podemos negar el hecho de que algo nos infunde temor, como si así pudiésemos evitarlo. Hay veces que lo asimilamos, y esperamos –temiendo, claro- a que llegue, esperanzados en que no sea tan terrorífico como nos imaginamos. 
También hay veces que podemos plantar cara a estos miedos. Podemos intentar controlarlos, evitarlos, hacerlos más pequeños, debilitarlos y tal vez incluso hacerlos desaparecer, enmudeciendo esa voz que desde dentro de nosotros grita una y otra vez que es imposible. ¿Es acaso eso ser valiente? ¿Es valiente alguien que planta cara a sus miedos? Bueno, en ese caso alguien tiene que ser cobarde antes de ser valiente. Serían entonces términos coexistentes en una misma persona, como tantos otros.
O aguarda, tal vez tener miedo a algo no significa ser cobarde. Tal vez lo realmente cobarde es esperar o negar ese temor.


Yo no estoy dispuesta a permitir que mis temores se adueñen de mí. Les plantaré cara hasta que no me queden fuerzas. Puede que de la imagen de un insecto golpeándose contra el cristal de una ventana, esperando a que una de las veces que arremeta contra él esté abierta, pero yo prefiero pensar que soy una gota de agua. Sí, una gota de agua que cae una y otra vez sobre el mismo lugar, erosionándolo muy lentamente.
Insecto o gota, pienso continuar insistiendo, plantando cara a mis miedos. No estoy dispuesta a permitir que se cumplan, le tengo demasiado miedo a lo que pueda pasar entonces.
En ese caso, NO soy una cobarde.

05 junio 2011

Jack the ripper. Capítulo I, escena II


La habitación estaba prácticamente sumida en la penumbra, a excepción del recodo que alcanzaba a iluminar una pequeña lamparilla a la luz de la cual Abberline leía los datos que había podido recopilar a lo largo de la mañana preguntando a algunas personas.
El nombre completo de la mujer asesinada era Mary Ann Nichols, nacida en Londres el  26 de agosto de 1845 y fallecida esa misma madrugada, 36 años después. Se dedicaba a la prostitución en los barrios de Whitechapel desde hacía varios años, por ello era bastante conocida, sobretodo por el pseudónimo de Polly, su nombre de profesión.
Se alojaba en una pensión barata cercana a la taberna a la que solía acudir unas cuatro veces a la semana. No tenía relación sentimental, no tenía hijos ni estaba en contacto con su familia, y su nivel económico rozaba la pobreza.
La última vez que alguien la vio fue en una calle cercana a la esquina de Osborn y Whitechapel Road, aproximadamente cuando daban las cinco y media de la madrugada. No encontraron nada extraño en ella, no parecía nerviosa, alterada ni asustada, era una noche de trabajo como otra cualquiera.  En aquél momento no se imaginaba que iba a ser asesinada. Tal vez si lo hubiese sabido podría haber pasado los últimos momentos de su vida de alguna forma distinta, especial. Podría haberse arrepentido de sus pecados o haber dicho esas palabras que siempre callamos. Y quién sabe… tal vez podría haber dado media vuelta y haber burlado a su destino.
De pronto, alguien entró precipitadamente a su despacho, abriendo la puerta a través de la cual entró luz que desgarró las sombras de aquél lugar, y le cegó durante unos instantes antes de que reconociera a la alta figura ante él.
-¡Henry! –exclamó, con una sonrisa entusiasta- ¿Qué te trae por aquí?
-¡Por el amor de dios, Abberline! –Exclamó el otro sin darle respuesta, antes de acercarse a las ventanas para apartar las pesadas cortinas y abrirlas de par en par- ¡Este lugar apesta a tabaco barato! ¿Qué haces a oscuras aquí encerrado? ¿Y por qué demonios no estaba echado el cerrojo en la puerta principal? Aún te comportas de esta forma tan extravagante, incluso después de haber conseguido tantos méritos con todos esos casos… Así no conseguirás buena fama.
Abberline se cubrió los ojos con las manos, deslumbrado.
-¿Quién demonios necesita fama?-murmuró.
Henry terminó de hacer su trabajo con las ventanas y se dio la vuelta hacia él.
-¡Tú la necesitas! Has estado demasiado tiempo ausente, podrías ser restituido de tu rango si sigues comportándote como un crío y desafiando a la autoridad superior.
Abberline sonrió, apagó la lamparilla cuya luz se volvió prescindible y comenzó a agrupar los papeles que había estado examinando.
-Así que es eso… ¿A caso se molestó el inspector Reid?
-¿Que si se molestó? Alardeaste demasiado de tus deducciones, y ahora ha solicitado que este asesinato quede en manos de la Policía Metropolitana de Whitechapel, y no sólo eso, también quiere que te trasladen a otro caso.
-Uh, ¿Tan mal le caigo?-Abberline volvió a sonreír.
-Frederick… no te conviene perder este caso. Sería una buena oportunidad para regresar al trabajo después de aquello… -su tono de voz se tranquilizó al recordar el pasado- podrías intentar levantar cabeza de nuevo.
La sonrisa de Abberline despareció durante un instante apenas imperceptible.
-Bueno, el cualquier caso… ni siquiera Reid conseguiría hacer algo así. Un asesinato en plena calle es algo bastante grabe, sobretodo porque la población se consterna al encontrarlo tan cercano. La Scotland Yard no permitirá que el caso quede en manos de la policía metropolitana. Además… –hizo una pausa para buscar el paquete de cigarrillos en su chaqueta- ya he trabajado otras veces para ellos, y les he sacado de más de un apuro. Confío en que no me saquen de este caso… que me tiene bastante intrigado, por cierto.
Durante unos segundos se hizo un silencio que Abberline aprovechó para prender el cigarro y dar una profunda calada, antes de que Henry suspirara.
-Está bien, tú sabrás lo que haces.
-Me encanta que un viejo amigo como tú tenga esa fe en mí. Y ahora dime, ¿hay algo en especial que te traiga por aquí o simplemente venías a tomar un té?
-Oh-Henry pareció recordar algo y rebuscó en su chaqueta hasta que sacó un sobre doblado de uno de los bolsillos interiores y lo lanzó sobre la mesa- Esto. Es un pequeño informe del interrogatorio de esa prostituta que llevaron a comisaría. Trabajo en otro caso, pero supuse que traerlo sería una buena excusa para tomar un té, sí.
-Interesante… -murmuró Abberline, tomando el sobre y apartándolo junto a los otros papeles de la investigación- luego habrá tiempo para leerlo. Ahora, tomemos un té.
La noche llegó pronto aquél día. Abberline y Henry habían estado charlando toda la tarde, abarcando distintos temas y recordando tiempos que habían quedado atrás, pero que permanecían guardados en su memoria. Henry era una persona excelente para mantener una conversación interesante, y cuando se marchó, el inspector se sintió extrañamente solo.
Henry se había casado con una bella mujer. Era padre de tres hijos, rubios y fuertes como él, según le había descrito. Había tenido suerte, y había encontrado numerosos casos en los que invertir su capacidad de investigación, y trabajó duro hasta que consiguió el dinero suficiente para comprarse una hermosa casa para criar a sus hijos. Ahora se dedicaba sólo a los casos que él escogía, y había obtenido varias conmemoraciones y reconocimientos. Su estimado amigo Henry había triunfado en la vida, pero no por la fama y la fortuna.
Había conseguido una familia, personas importantes que llenarían su vida y su casa con el sonido de risas y palabras amables.
Abberline detestaba el silencio que reinaba en su casa y al que era imposible enfrentarse. Había vivido un tiempo refugiado en él, dándole la espalda a los eventos sociales, pero se había prometido a él mismo regresar a su antigua vida, y centrarse en el trabajo.
El reloj daba las once cuando volvió a su despacho. Cerró todas las ventanas antes de sentarse sobre su sillón y encender la lamparilla para leer la carta que le había traído Henry, tarea en la que invirtió apenas unos segundos. Cuando terminó, arrugó el papel entre sus dedos.
-Inútiles…-murmuró.
El interrogatorio había sido efectuado en la comisaría de la Policía Metropolitana de Whitechapel, por el inspector Edmund Reid. Sabiendo eso, Abberline podía imaginarse la escena. Reid era de esas personas que creen que lo pueden conseguir todo con un par de amenazas. Y la señora se encontraba en un estado psicológico en el que lo último que necesitaba era alguien que le gritara preguntas. Para conseguir información deberían haber utilizado un método sutil, premeditado, psicológico, algo que no estaba al alcance de alguien como Reid.
De todas formas, por lo menos consiguieron sacarle el nombre y su relación con la víctima. Una lástima que no fueran nada nuevo para él, pues conocía esos datos desde esa misma mañana, cuando interrogó a algunas personas por su cuenta.
La mujer era Elizabeth Stride, compañera de profesión de Mary Ann Nichols, algo evidente. Ambas trabajaban individualmente, sin embargo eran conocidas desde hacía tiempo. Estaba claro que tenían una buena relación, y los testigos ofrecían fe de ello, a pesar de que nunca las habían visto juntas en otro lugar que no fuese la taberna cercana a la residencia de la víctima.
Abberline decidió que debía ir a hablar personalmente con la señorita Elisabeth lo antes posible, y para poder hacerlo necesitaba averiguar dónde vivía, pues había regresado a casa después del interrogatorio.
Pero antes de eso debía acudir a ver al médico forense que se había encargado de practicar la auptosia al cuerpo de la fallecida.
Necesitaba construir cuanto antes el perfil del criminal.

11 mayo 2011

Jack the ripper. Capítulo I, escena I


Todos los hombres albergan una bestia en su interior, y pocos de ellos consiguen controlarla ser capaces de encerrarla en lo más profundo de su consciencia. Pues, ¿Qué hombre retendría una parte de sí mismo?

Una pequeña multitud invadía la calle Durward  cuando los primeros rayos del sol a penas despuntaban por encima de los tejados de Londres. Muchas de las personas que se concentraban allí reunidas ni siquiera sabían lo que había pasado, pero no tenían nada mejor que hacer que permanecer en la zona, y se dedicaban a murmurar con los vecinos mientras observaban como varios miembros del cuerpo de la policía metropolitana de Whitechapel se movían nerviosamente, intentando establecer un perímetro alrededor de un cuerpo que yacía tendido sobre la calzada, y que era frecuentemente iluminado por los flashes de las cámaras que intentaban retratar la tragedia.
-Por dios, deshágase de la prensa de una maldita vez!-ordenó un hombre a uno de los agentes mientras se secaba el sudor que resbalaba por su frente, antes de acuclillarse junto al cuerpo, que estaba siendo minuciosamente examinado por otro hombre mucho más joven.-Y bien, ¿qué opina, agente?
El muchacho no respondió, sino que continuó observando detenidamente el cadáver sin pestañear ni una sola vez, hasta que de pronto pareció reaccionar, y alzó la mirada hacia el hombre que le había preguntado.
-Cada mes, una media de siete prostitutas son asesinadas en este barrio-dijo.
El otro hombre le miró alzando una ceja.
-Sí, lamentablemente eso es cierto, pero, ¿qué tiene ahora eso…?
-Oh-interrumpió el joven- Estoy completamente seguro de que usted, Inspector Reid, como jefe de la policía metropolitana de Whitechapel, sabrá decirme cuál es el principal motivo de estos asesinatos.
Reid asintió.
-Sí, el principal móvil suele ser el hurto.
-Exacto, pero nuestra amiga-hizo un gesto con la mano, señalando el cadáver-conserva la recaudación de dos días enteros, así que se puede descartar el robo como móvil.
-En ese caso…
-No -el joven volvió a interrumpirle- le puedo asegurar que cuando el forense analice el cadáver no encontrará indicios de abuso sexual ni violación.
-Cómo puede estar tan seguro de ello?-Cuestionó el inspector.
El agente sonrió.
-Observe el cuerpo. La garganta fue seccionada por un profundo corte, no una, sino dos veces. Ello implica una muerte rápida y prácticamente indolora, puesto que la víctima murió antes de darse cuenta de lo que había pasado, ya que se le seccionaron la arteria principal a la primera. Limpio y letal, una muerte poco frecuente en señoritas de compañía, ¿no creé? Normalmente los asesinos que atacan a estas mujeres lo hacen violentamente, de forma sucia y poco elaborada. Después de todo, para la mayoría de sujetos son objetos, inmundicia y escoria.
-¿Pero cómo puede decir que fue una muerte limpia? ¡Por el amor de dios, Abberline, le han destrozado el abdomen!
El agente no cambió la expresión de su rostro, a pesar de que el inspector había elevado el tono de voz más de lo que le hubiese gustado, pero sí dirigió una rápida mirada al torso de la víctima.
Este estaba vestido cuidadosamente, cubierto por las prendas con las que había sido vista la noche anterior, como si nunca hubiesen sido retiradas. Sin embargo, bajo ellas, la piel estaba completamente desgarrada, y era por ello por lo que las telas, que en un inicio habían sido de un tono calabaza, ahora estaban teñidos de un oscuro escarlata de sangre.
-Sí, pero… fíjese, el vestido no está desgarrado, esto quiere decir que le quitó parte de la vestimenta para acuchillarle el vientre… Pero, pese a la carnicería que cometió con ella, se encargó de volverla a vestir, sin olvidar un solo detalle. Incluso el anudado del corsé está perfecto.
El inspector miró el atuendo del cadáver durante unos instantes, y después dirigió una furiosa mirada a Abberline.  
-¿Y acaso pretende que le demos las gracias al asesino por haber hecho tan buen trabajo con las ropas de la mujer?
-Oh, no, pero sólo digo que es algo digno de tener en cuenta-explicó el agente, manteniendo su habitual calma.
El inspector Reid se puso en pié, algo alterado, y volvió a pasar un pañuelo por su despejada frente para retirar el sudor que seguía cayendo.
-No veo importancia alguna en ello-declaró- lo único que importa es que un asesino anda suelto y que tiene que ser atrapado inminentemente. ¿Qué más da si…?
Las palabras de Reid quedaron en el aire por tercera vez cuando un agente se acercó apresuradamente a él.
-¿Qué ocurre?-preguntó el inspector, volviéndose hacia su subordinado y conservando el tono brusco con el que se había dirigido anteriormente a Abberline.  
El recién llegado tragó saliva y titubeó durante unos segundos ante la actitud de su superior.
-Verá, inspector, estamos teniendo problemas con una señorita de la prensa…
-¿Pero que demonios ocurre, agente? ¿Ni siquiera son capaces de mantener a la prensa alejada un momento?
Mientras que Reid sermoneaba al agente, Abberline se puso en pié y levantó la cabeza, buscando con la vista a la señorita que causaba problema. La encontró en frente de la multitud, gritándole a otro agente, que intentaba calmarla. Lucía un traje rojo con pantalón que llamaba la atención de las personas que estaban a su alrededor, y llevaba una cámara de último modelo colgando de una correa.
-Quién demonios es aquella mujer?-preguntó Reid-deténganla!
Abberline dio un paso adelante.
-Si me disculpa, inspector Reid, me gustaría encargarme de esto…
-Eh?-el inspector se volvió hacia él- creo que sería mejor detenerla por oponerse al cuerpo policial.
-Bueno, pero toda esta gente vería como detienen a una periodista… ¿no cree que ya hay bastante escándalo con el cuerpo de esa pobre mujer sobre la acera?
El inspector pareció meditarlo durante un instante, pero finalmente cedió.
-Está bien, haga lo que tenga que hacer, pero que deje de gritar. Y usted, agente –se dirigió al subordinado- venga, quiero que tome algunas muestras…
Abberline comenzó a caminar hacia la mujer, cuyos gritos se hacían más entendibles a medida que se acercaba.
-… solo luchamos por poder informar a los ciudadanos de Londres de los acontecimientos ocurridos! No es culpa nuestra si el cuerpo policial es tan incompetente que ni siquiera puede detener a un asesino de los barrios bajos! Que ha pasado con la libertad de expresión y prensa!? Es un derecho que…-los gritos cesaron cuando la joven reconoció el rostro de Abberline, y frunció el ceño- vaya… ¿Te han enviado para detenerme, Fred?
Abberline puso la mano sobre el hombro del agente que había estado discutiendo con la joven.
-Me encargo yo, gracias.
El agente sonrió, agradecido, y fue a donde estaba el inspector. Abberline lo siguió con la vista hasta que estuvo lo suficientemente alejado, y después se dirigió a la periodista.
-Siempre metiéndose en líos, señorita Evangeline…
La joven se ajustó el largo abrigo rojo y sonrió maliciosamente.
-Y usted y su pandilla de incompetentes siempre intentando ocultar la verdad a los medios, agente Frederik.
-Nunca dejará de provocar escándalo?
-Nunca dejará de dárselas de caballero inglés?
-Touché.
-Un placer.
Abberline frunció el ceño durante un instante casi imperceptible.
-Vaya, bonita cámara-dijo, haciendo un gesto hacia el aparato- un regalo de familia, quizás?
Evangeline acarició la cámara y le dirigió una mirada son sorna.
-No, algunas personas sabemos conseguir nuestros propios bienes sin depender de una gran herencia familiar, Fred.
El agente sonrió.
-No deberías llamarme así si te vas a dedicar a pasar el tiempo atacando a mi persona.
-Y usted no debería tutearme si ha venido aquí para echarme del lugar.
-Nunca echaría a una mujer que vista pantalones de la misma forma que usted lo hace.
-Oh! ¿Debo tomarme eso como un extraño halago o mejor debería interpretarlo como una muestra más del grandísimo machismo que asola la sociedad de hoy en día? –dijo la joven, a la vez que golpeaba el pecho del agente con el dedo índice.
Abberline suspiró, y se pasó la mano por el desordenado cabello liso, intentando sujetar los mechones castaños que le caían por el rostro, cubriendo sus ojos azules.
-Siempre tiene que tomárselo todo como un ataque?
-Siempre y cuando es necesario hacerlo-respondió ella, cruzándose de brazos
El agente tomó aire en un nuevo suspiro para decir algo más, pero nunca lo hizo, ya que un grito desgarró el aire a sus espaldas, obligándole a darse la vuelta velozmente para descubrir que el emisor de aquél lamento de dolor no era más que una mujer de la multitud que había caído sobre sus rodillas, y que miraba al cadáver con los ojos rebosantes de lágrimas.
-Polly!-gritó- Polly, qué es lo que te han hecho?
Al inspector no le bastó nada más que un vistazo para entender que aquella mujer era una amiga de profesión de la fallecida. No hacía falta más que un vistazo a su atrevido vestido, remendado en una llamativa tela verde y adornada con puntilla y plumas, y a su abundante maquillaje, que ahora se convertía en líneas oscuras que surcaban su rostro, arrastrado por las lágrimas.
Un par de agentes se acercaron a ella para levantarla del suelo, sujetándola mientras ella seguía lamentando la pérdida de su compañera.
-¡No podéis proteger estas calles de los demonios! ¡Es por vuestra culpa por la que mujeres como nosotras mueren en las calles sin que a nadie le importe!-se apartó de los agentes con un brusco empujón-¡Sólo os ocupáis de los asuntos que conciernen a los ricos herederos, y a las putas que nos den! ¿Qué os importa? ¿Qué os importamos a todos vosotros?-exclamó, dirigiéndose a la gente que había allí reunida- Oh, Polly…
Todos los allí presentes observaban atónitos la escena, que finalizó cuando el inspector Reid ordenó detener a la mujer y llevarla a comisaría, a pesar de que Abberline insistió en no hacerlo.
Después de aquella escena, el cadáver fue retirado por el forense después de unas fotografías, y la multitud se dispersó poco a poco, buscando nuevas formas de entretenimiento, de forma que la esquina de la calle Durward quedó solitaria y limpia, como si el horrible suceso de aquella noche jamás hubiese tenido lugar.
  

30 abril 2011

Jack the ripper. Introducción.


La luna brillaba llena en el alto y oscuro cielo Londinense, desafiando a las tinieblas que envolvían a la ciudad a aquellas tardías horas de la noche.
Las calles estaban totalmente desiertas en su mayoría, pues todo el mundo en aquel lugar sabía que el peligro acechaba en todos los rincones, protegido por las negras sombras que sólo se desgarraban ante la luz de algún farol que se negaba a consumirse.
Sin embargo, algunos de los barrios de la capital inglesa vivían de la noche, y el peligro en ellas era mucho mayor que en cualquier otra zona.
Este era el caso del famoso barrio de Whitechapel, cuya popularidad era atribuida por ser un barrio pobre que carecía de la elegancia que poseía Londres y por los múltiples burdeles baratos que llenaban las calles.
Los habitantes de este barrio eran, habitualmente, borrachos que habían sido expulsados de las tabernas, mendigos que improvisaban un lecho cubriendo el  frío asfalto con algunos harapos, criminales que aprovechaban la ausencia policial para llevar a cabo sus malas ideas y personajes de alto cargo que extraían el poder en el dinero ganado de contrabando o apuestas ilegales en lugares clandestinos.
Y por supuesto, no podían faltar las comunes señoritas que vagaban por las calles portando sinuosos vestidos ligeros de tela y ricos en escote que desafiaban las bajas temperaturas buscando algún caballero con el que hacer un negocio. Pues, ¿qué sería de Londres sin las damas de compañía en los barrios bajos como Whitechapel?
Ni siquiera la Scotland Yard se molestaba en terminar con la prostitución, ya que eran conscientes de que nadie más que ellos habían sido la causa de ella, al alojar a los inmigrantes y pobres en aquél lugar, condenándolos a ganarse la vida con lo que podían. Y por ello, la prostitución había aumentado en los últimos meses, de forma que la competencia entre las mujeres era mayor, y algunas de ellas se veían obligadas a meterse en calles más apartadas para asegurarse un número de clientes que les permitieran ganar el suficiente dinero para poder alimentarse.
Una de ellas era Mary Ann Nichols, que esa noche había elegido la esquina de Osborn y Whitechapel Road para trabajar, ya que el puesto que frecuentaba ya estaba ocupado cuando llegó aquella noche por jóvenes muchachas. Y es que aunque le costara admitirlo, la edad se había marcado en su rostro en forma de pequeñas arrugas, y en su  cabello, que antaño había sido envidiado por sus compañeras, comenzaban a aparecer canas que lo desteñían.
Por suerte, su cuerpo aún no había perdido todo su encanto y aún tenía utilidad en su oficio. Pese a ello, ninguno de los coches de caballos que pasaban paraba para ofrecerle trabajo, y a penas había transeúntes en aquél lugar.
-Pues menuda mierda-dijo, sacándose un paquete de cigarrillos de uno de los pliegues del vestido, y prendiendo una cerilla para poder encenderlo.
Se llevó rápidamente el cigarro a los labios, exageradamente pintados de un rosa pálido, y dio una profunda calada, sintiendo como la nicotina calmaba sus nervios, y se apoyó contra una fía pared de ladrillos para poder fijar la vista sobre la llama de un farol, que bailaba suavemente mecida por el viento helado la sinfonía del silencio nocturno.
Silencio que fue repentinamente interrumpido por unos pasos a sus espaldas y que la incitaron a darse la vuelta para descubrir a un apuesto joven que la miraba fijamente. Supuso que sería uno de esos muchachos que frecuentemente escapaban de sus ricos hogares para entregarse al alcohol y las mujeres a escondidas de sus padres.
-Está la bella dama de servicio esta noche?-preguntó utilizando un seductor tono de voz moldeado en un perfecto y elegante acento inglés.
-Oh, por supuesto, sí- respondió Mary Ann arrojando el cigarrillo y arreglándose los pliegues del desgastado vestido.
El joven sonrió, mostrando una hilera de perfectos dientes blancos que parecieron relucir en la oscuridad.
-En ese caso –dijo, alargando el brazo y tendiéndole una mano enguantada en cuero negro- permítame disfrutar de su compañía, y acompáñeme a un lugar más apropiado y elegante, que sea digno para una señorita con usted.
-Por supuesto, caballero –respondió la mujer, tomándole la mano y dejándose guiar.
Mientras caminaba, se fijó un poco más en el apuesto joven, que vestía totalmente de negro en telas de alta calidad y portaba un sombrero de copa con un listón de terciopelo rojo, que resultaba ser la única nota de color en él, a parte de los mechones desordenados que caían por su rostro y los hermosos ojos que la miraban con aquella amabilidad que estaba tan poco acostumbrada a recibir.
De pronto, el joven se detuvo, y la tomó por los hombros bruscamente para mirarla fijamente a los ojos a una corta distancia. Durante un instante, Mary Ann pensó que el muchacho no había podido contenerse hasta llegar a su destino, pero desechó la idea al ver que la miraba con compasión, y no con lujuria.
Durante unos instantes, fue prisionera del hermoso y frío color de los ojos del muchacho, hasta que este habló en un tono melancólico, muy distinto al que había utilizado anteriormente.
-Oh… señorita, estoy seguro de que usted podría haber hecho algo útil en su vida… pero las personas cometen errores que las condenan… es una lástima…
El tono de voz pasó de ser melancólico a serio, y más tarde adoptó un tono amenazador que hizo que Mary Anne temiera. Pero no pudo preocuparse, no pudo intentar escapar, ni siquiera le dio tiempo a lamentarse por ella misma.
Sólo pudo ver cómo el joven extraía un objeto brillante y afilado de entre sus oscuras ropas y un frío tacto en el cuello, antes de abandonar la vida para siempre.

26 abril 2011

Observación

No soy una persona fácil.
Esta puede que una de las frases que más me repito a mí misma al cabo del día. Y no me malinterpretéis, con ella no quiero decir que sea una persona más complicada, interesante o compleja que el resto del mundo. No, nada de eso. Con ello quiero decir que poseo una personalidad extravagante, alternante, insoportable y realmente incomprensible. Llena de contradicciones, dudas y miedo. No doy las gracias por ello, pero tampoco me estoy quejando en absoluto (de hecho estoy casi segura de que no sabría lidiar con otro tipo de personalidad) Sólo era una observación, algo obvio que necesitaba decir. Y las personas que me rodean y conocen sabrán que tengo razón. Y si no lo saben, bueno, en ese caso...
Esto es una contradicción en si misma.

07 diciembre 2010

Ignorante.

Lee las últimas palabras, terminando así la línea final del libro. Tras acabarlo lo cierra y lo deja junto a él, en el suelo.
La habitación está sumida en un silencio sepulcral que hubiese puesto los pelos de punta a cualquiera. A cualquiera menos a él, claro está.
Esboza una siniestra sonrisa y acaricia la moqueta sobre la que está sentado, meditando sobre el final de aquella novela de casi trescientas páginas que había empezado hacia un par de horas y que había consumido rápidamente.
Adoraba pensar rodeado de silencio y soledad en la intimidad de su habitación, relajarse en medio de la penumbra creada por las tupidas cortinas que caen frente a los ventanales, devorando la luz solar. En esos momentos puede adentrarse en su propia conciencia, revivir sus memorias, imaginar que hubiese pasado si las cosas hubiesen ocurrido de otra forma y olvidar la crueldad de la vida real, tejida de mentiras y egoísmo por las manos del cruel destino.
No cambiaria esos momentos de soledad por nada.
Bueno, tal vez estaría dispuesto a romper sus ensoñaciones para poder compartir su tiempo con...
-Maaaaaatt!!! -una voz familiarmente aguda recita su nombre desde el pasillo.
Segundos después la puerta se abre de repente, provocando un estruendo, para cerrarse un instante más tarde con otro golpe.
Matt levanta la vista y observa a la intrusa a través de los cabellos oscuros que caen desordenadamente por su frente. La chica camina hacia él con pasos que más bien parecen brincos mientras esboza una amplia y brillante sonrisa que ya le es familiar.
-Hola Matt!-saluda, poniendo un toque musical a la frase mientras se arrodilla en el suelo frente a él sin dejar de sonreír- tu madre me ha abierto la puerta.
Matt se fija en su cabello castaño ligeramente despeinado. Había vuelto a correr hasta su casa, y su madre le había vuelto a abrir la puerta. Claro, es lo que tiene que ella sea su mejor amiga, su madre siempre le abrirá la puerta.
Un momento... mejor amiga? Ese sería el término correcto para definir su relación? Podría considerarla una amiga siquiera?
Habían pasado los dos últimos años juntos. No sabía como había comenzado todo aquello, y ahora su primer encuentro le parecía algo estúpido. Antes los dos solían estar siempre solos, apartados de los demás, y de un día para otro estaban juntos como si lo hubiesen estado desde hacía siglos. Pero no hacían cosas de amigos. No salían a pasear, no iban al cine ni se hacían fotos juntos. Ni siquiera hablaban, pero en realidad tampoco lo necesitaban. Uno podía saber lo que el otro pensaba, lo que el otro sentía, sin necesidad de palabras. Una sola mirada bastaba para comprender todo lo que ocurría, como si tuviesen un extraño vínculo al que ninguno de los dos buscaba explicación.
Así que Matt sabe perfectamente lo que ocurre. Le basta con mirar las mejillas encendidas de su amiga, escuchar su respiración alterada y fijarse en sus brillantes ojos oscuros.
-Te has vuelto a encontrar con él, cierto?
Ella no dice nada al principio, simplemente se quita la mochila que lleva a su espalda y rebusca en ella hasta encontrar un par de bolsitas transparentes llenas de chucherías. Volvió a mirar sonrientemente a Matt.
-Si-responde al fin, tendiéndole una de las bolsas-Me lo he encontrado cuando he ido a compararte esto. Como lo sabes?
Él agarra el paquete y sonrió burlonamente.
-Tienes esa cara de tonta que se te pone siempre que le ves.
Ella frunce el ceño y se cruza de brazos.
-No tengo ninguna cara de tonta!
Matt pone los ojos en blanco y abre la bolsa desatando el nudo sin dejar de sonreír.
-Además tú que sabrás-ella abre su propia bolsa, pero rasgando el plástico-ni siquiera sabes lo que es el amor.
Matt borra la sonrisa de su rostro y se recuesta en el suelo, sobre la moqueta. Pasan unos instantes de silencio antes de que su voz rompa el silencio.
-El amor?-repite- El amor es un detestable sentimiento que consume a los humanos.
Ella le mira con curiosidad, incitándole a continuar, mientras devora algunas de las chucherías.
-El amor es capaz de destruir cualquier cosa, pero también puede crear cosas hermosas donde no las había. Una persona atrapada por este sentimiento no piensa nada más que en aquello que ama. Siente que no podría vivir si lo perdiera, y es por ello que preferiría dar su vida antes de que eso ocurriera -hace una pausa para comer una tira de regaliz- Pero una persona enamorada se convierte en una persona estúpida. Cree que es capaz de morir si no puede estar junto a la persona que ama, y también sufre por ello cada instante del día que pasa alejado de ella. Y curiosamente es el mismo amor que le mata el que le mantiene con vida, haciendo latir su corazón-sujeta una gominola el lo alto para mirarla a trasluz durante unos segundos- Es estúpido, si… por que el amor no sirve para nada más que para sufrir-se come la gominola y se recuesta sobre la mullida moqueta, sintiendo como las oscuras fibras de esta le acarician el cuello- por que las personas sufren cuando no tienen aquello que desean… cuando no son correspondidos en el amor, cuando saben que la persona por la que darían la vida no estaría dispuesta a hacer lo mismo y son conscientes de que nunca obtendrán lo que esperan y ansían con todas sus fuerzas. Necesitan comunicarse con la persona a la que aman, saber que son felices, y en caso de que no sea así, hacerles sonreír. Necesitan saber que están bien en todo momento, asegurarse de que esa persona nunca llora, y en caso de que así sea, contagiarse con su pena. Una persona enamorada no encuentra defectos en su fetiche, y pasa el día pensando en él… se hace totalmente dependiente, y eso es tan… deprimente y penoso…
Matt deja de hablar para buscar una fresa en la bolsa. Cuando la encuentra levanta la cabeza, y se encuentra con la mirada de su amiga. Es una mirada severa, rencorosa, molesta y tal vez triste. Abre los labios para preguntar por que demonios le está mirando así, pero ella se adelanta.
-Se puede saber por que dices siempre cosas tan horribles? El amor no siempre es así! No es penoso! No es deprimente! Y… puede ser correspondido, sabes?
Matt chasquea la lengua y sonríe.
-Sigue siendo un sentimiento detestable.
Ella gira la cabeza en dirección opuesta con un suspiro de inconformidad, pero Matt continua hablando.
-Cuando es correspondido es aún peor. Una persona rechazada puede, con el tiempo, abandonar la obsesión que siente por aquello que ha amado, si bien nunca llegará a olvidarlo. Puede dejar de sufrir. Una persona que es correspondida… está condenada a sufrir por diversas causas, ya sean celos, miedo a perder la relación u otras cosas. O peor, imagina que hay dos personas que se quieren pero que no puedan estar juntas.
Ella le mira. Parece estar meditando sobre ello.
-Eso no es…
-Qué?-Matt se incorpora levemente- crees que no es posible? No seas tonta, que dos personas se quieran no quiere decir que todo tenga que terminar bien. Imagina que les separa una gran distancia o que-deja de hablar de golpe cuando recibe el impacto de una bola de chocolate. Frunce el ceño y mira a su amiga.
-No vuelvas a llamarme tonta-baja la cabeza- Además, no importa la distancia que hay entre dos personas. Si se quieren de verdad continuarán amándose a pesar del espacio que les separe.
Matt vuelve a recostarse sobre el suelo sonriendo burlonamente.
-Has leído demasiadas novelas cursis con final feliz.
-Y tu demasiadas tragedias donde todo el mundo muere.
-Puede ser… pero la vida real no es más que una tragedia. Y el amor es lo más cruel que existe, tanto si es correspondido como si no. Sería mejor si no existiese ese sentimiento… -observa a su amiga, que parece meditar lo que él le dice mirando al suelo- Y creeme, será mejor que te olvides de ese chico… si no te quiere ahora no te querrá nunca, y si lo hace será por que no tiene a nadir mejor a quien querer. Si te enamoras hasta el punto que te hiciera daño hasta pensar en él tendría que cargar yo con tus llantos, y no me apetece tener que…
-Cállate!-la chica grita de repente.
Matt levanta la vista y ve que ella se cubre el rostro con las manos. Sus hombros se convulsionan ligeramente y unas gotas transparentes reflejan la poca luz de la estancia antes de caer sobre el suelo de entre sus dedos. Frunce el ceño al descubrir que está llorando.
-Oye…-comienza.
-No! Cállate…-murmura entre los jadeos que le provoca el llanto, ahora más exagerado, pero igual de silencioso- se que no tienes razón… no la tienes… tu… tu ni siquiera has amado nunca a nadie, no es posible que sepas nada… solo lo dices por que eres un ignorante.
Él se incorpora y rodea sus rodillas con los brazos antes de sonreír.
-Un ignorante?
Ella no quiere escucharle. Intenta auto-convencerse de que nada de lo que él ha dicho es verdad, auque en el fondo piensa lo mismo, y el pensamiento de que nunca será correspondida le corroe, pero las palabras de Matt siguen resonando en su cabeza, como un cruel fantasma de la realidad que ella había intentando ocultar.
De pronto siente una mano sobre su hombro y levanta la cabeza. Se sorprende al encontrar el rostro de Matt a escasos centímetros del suyo.
-Dices que nunca he amado a nadie… -Le seca las lágrimas de la cara con el dedo pulgar en un gesto de ternura impropio de él, observandola fijamente con aquellos ojos castaños de extraña mirada y después su mano acaricia su cuello, empujándola hacia él.
Y entonces sus labios se unen.
Son apenas unos segundos los que los mantienen unidos, pero bastan para que ella se sonroje mientras que él acaricia su pelo suavemente y aprieta sus labios sobre los suyos. Después él se separa lo justo para poder hablar, y lo hace rozando su boca, esbozando aquella sonrisa socarrona que le caracterizaba.
-Tal vez la ignorante seas tú.